La cuenca del Elqui cuenta con estudios, catastros y herramientas que constituyen una base valiosa para mejorar la gestión del agua. El desafío es recuperar esos antecedentes, actualizarlos y complementarlos con una medición periódica y comparable que permita conocer nuestra eficiencia hídrica y orientar las inversiones.
Por Vladimir Rojas Leguizamón
Director de la Junta de Vigilancia del Río Elqui y sus Afluentes
Cuando hablamos de eficiencia hídrica en la cuenca del Elqui, muchas veces comenzamos preguntándonos cuánto recurso se pierde en los canales. Es una pregunta necesaria, pero no podemos responderla responsablemente con una cifra general ni con estimaciones obtenidas en otras cuencas.
Antes de establecer un porcentaje de pérdidas o de ineficiencia, necesitamos información suficientemente actualizada, homogénea y verificable. Debemos conocer cuánto capta cada canal, cuánto conduce, cuánto entrega, dónde se producen las diferencias y cuáles son sus causas. Medir antes de concluir debe ser el punto de partida.
En ese desafío, la cuenca del Elqui no parte desde cero.
Según el catastro de la CNR de 2020 utilizado por el Plan Estratégico de Gestión Hídrica de la DGA, en la cuenca se registraban 184 captaciones superficiales y aproximadamente 826,6 kilómetros de canales. Se trata de antecedentes de alcance de cuenca: las 184 captaciones no deben interpretarse como 184 canales pertenecientes a la JVRE.
Estas cifras permiten dimensionar la magnitud de la infraestructura que debemos conocer, mantener y monitorear. Los canales no son simplemente líneas dibujadas sobre un mapa. Cada uno posee características distintas: tramos revestidos y no revestidos, diferentes materiales, condiciones topográficas, obras de distribución, compuertas, puntos de entrega y necesidades de conservación.
También existen experiencias importantes que debemos poner en valor.
El proyecto SIMCA-Elqui, ejecutado por el Laboratorio PROMMRA de la Universidad de La Serena con la colaboración de la JVRE, fue diseñado para implementar un sistema de monitoreo de caudales y un protocolo de determinación de pérdidas de agua que permitiera priorizar inversiones públicas y privadas.

Este trabajo permitió levantar información georreferenciada de bocatomas, compuertas y canales; caracterizar dimensiones, materiales y tipos de revestimiento; realizar mediciones de caudal; y desarrollar un Sistema de Información Geográfica de la red de distribución.
A ello se sumaron otras herramientas desarrolladas por PROMMRA, como PRO-Q, destinada al pronóstico de caudales de cabecera; PROMUS, orientada al monitoreo del uso agrícola del suelo; y una plataforma de buenas prácticas de gestión hídrica. Estos esfuerzos aportaron antecedentes sobre distintas dimensiones de la cuenca: disponibilidad de agua, infraestructura, superficies bajo riego y usos agrícolas.
Reconocer ese trabajo es fundamental. Sin embargo, la existencia de antecedentes históricos no significa que hoy dispongamos necesariamente de información actualizada y suficiente para determinar cuánto recurso se pierde en nuestra red. Un levantamiento realizado en un momento determinado constituye una base valiosa, pero necesita revisión, actualización y continuidad para orientar las decisiones del presente.
La tarea es establecer qué información existe, dónde se encuentra, qué cobertura tiene y en qué condiciones puede utilizarse. A partir de esa revisión, debemos integrar los antecedentes disponibles en un sistema permanente de actualización y consulta, complementándolos con nuevas mediciones allí donde sea necesario.
El Plan Estratégico de la DGA identificó precisamente esa necesidad. Pese a la existencia de distintas plataformas, estaciones y fuentes de información en la cuenca, consideró que la cobertura disponible seguía siendo incompleta y que era necesario ampliar el monitoreo e integrar en una plataforma común información hídrica proveniente de distintas fuentes públicas y privadas.
Por eso creo que el próximo paso debe aprovechar lo ya construido. Recuperar los antecedentes, revisar su calidad, actualizarlos en terreno y completar los vacíos permitiría avanzar hacia una metodología compartida de medición periódica y comparable.
Cada canal y cada tramo relevante debería contar con una ficha georreferenciada que informe su longitud, materialidad, revestimiento, estado de conservación, capacidad de conducción, obras existentes y puntos críticos. Esa caracterización debe complementarse con registros de caudal captado y entregado, obtenidos mediante procedimientos que permitan comparar las mediciones y conocer sus márgenes de incertidumbre.
La telemetría, los flujómetros y los aforos periódicos pueden contribuir a ese propósito. También es posible evaluar herramientas complementarias, como drones equipados con cámaras térmicas y multiespectrales, según las necesidades y condiciones de cada sector. Lo esencial es contar con mediciones confiables y con la capacidad de mantenerlas en el tiempo.
Debemos ser igualmente rigurosos al hablar de pérdidas. Una diferencia entre el agua captada y entregada puede tener distintas explicaciones: filtraciones, evaporación, problemas de infraestructura, errores de medición o dificultades operacionales. Algunas infiltraciones podrían reincorporarse a sistemas superficiales o subterráneos, por lo que no toda diferencia constituye automáticamente una pérdida definitiva para la cuenca.
Por eso no basta con identificar una diferencia entre dos mediciones. Necesitamos determinar su origen y evaluar su efecto real, distinguiendo lo que ocurre en la conducción de un canal de lo que sucede en el conjunto del sistema hídrico.
Este conocimiento permitiría priorizar mejor las inversiones y destinar los recursos hacia aquellos sectores donde una intervención produzca el mayor beneficio hídrico, productivo y social.
También debemos conocer quiénes riegan a través de estos canales, qué superficies mantienen, qué cultivos desarrollan y qué sistemas de riego utilizan. La realidad de un pequeño agricultor que conserva un huerto familiar es distinta de la de una explotación agrícola de mayor escala. Una política de eficiencia hídrica debe reconocer esas diferencias.
La JVRE puede aportar su conocimiento territorial y organizacional; PROMMRA, su experiencia científica y tecnológica; la DGA y la DOH, sus competencias técnicas; la CNR, sus instrumentos de inversión; e INDAP y los municipios, su relación con la pequeña agricultura. Este esfuerzo requiere coordinación, responsabilidades claras y continuidad institucional.
La cuenca del Elqui ha sido capaz de innovar, desarrollar herramientas y generar información valiosa. Sobre esa base debemos avanzar hacia un sistema actualizado y permanente que permita medir nuestra eficiencia hídrica con respaldo técnico.
Antes de concluir cuánto perdemos, necesitamos medir de manera propia, periódica y comparable. Ese conocimiento nos permitirá decidir mejor y orientar los esfuerzos en beneficio de toda la cuenca.
