Las precipitaciones de julio y agosto han mejorado el escenario inmediato de la cuenca del río Elqui, pero no eliminan una pregunta de fondo: ¿qué tan eficientemente estamos utilizando el agua disponible? Una reciente entrevista al ambientalista Juan Pablo Orrego volvió a instalar esta discusión, mencionando directamente al Elqui y cuestionando la eficiencia hídrica de la agricultura. Más que eludir el debate, la experiencia de la cuenca permite preguntarse qué se está haciendo, qué herramientas existen y cuál debe ser el siguiente paso.
Durante años, hablar de agua en la Región de Coquimbo fue prácticamente sinónimo de hablar de sequía, disminución de caudales, menores reservas y restricciones para el riego.
El invierno de 2026 ha entregado una imagen diferente.
Los sistemas frontales registrados durante julio y agosto dejaron importantes precipitaciones, aumentaron los caudales, incrementaron el almacenamiento del Embalse Puclaro y acumularon una importante cantidad de nieve en la cordillera.
Pero una temporada favorable no elimina los desafíos estructurales de una cuenca sometida a una alta variabilidad climática.
Por el contrario, puede ser precisamente el momento adecuado para discutirlos.
Una crítica que vale la pena mirar
En una reciente entrevista publicada por El Desconcierto, el presidente de la ONG Ecosistemas, Juan Pablo Orrego, cuestionó la eficiencia en el uso del agua en Chile y planteó la necesidad de avanzar hacia una mayor regulación.
En su análisis citó antecedentes de Escenarios Hídricos 2030 para señalar el peso de la agricultura en el consumo de aguas superficiales y subterráneas del país. También mencionó directamente las cuencas del Elqui y Limarí, poniendo en discusión la convivencia entre procesos de desertificación y una agricultura intensiva.
Es una discusión relevante para una cuenca como la nuestra.
No porque exista una única explicación para el problema hídrico ni porque toda la agricultura pueda analizarse de la misma manera, sino porque obliga a formular una pregunta que resulta difícil evitar:
¿cómo podemos producir, distribuir y administrar el agua utilizando cada vez mejor un recurso limitado?
Escenarios Hídricos 2030 plantea precisamente que avanzar hacia la seguridad hídrica exige cambios estructurales, soluciones innovadoras, mejores instrumentos de gestión y una planificación construida con los distintos actores de cada territorio.
En el Elqui, parte de esa discusión ya tiene una historia.

El desmarque: repartir de acuerdo con el agua que realmente existe
Una de las principales herramientas utilizadas en la cuenca es el desmarque.
Su lógica es sencilla, aunque sus consecuencias para los usuarios son significativas: la cantidad de agua que puede distribuirse no se determina solamente por los derechos existentes, sino también por la disponibilidad efectiva del sistema.
Para la temporada de riego 2025–2026, la JVRE aprobó por tercer año consecutivo un desmarque del 15%.
Esto significa que cada acción de agua superficial fue ajustada al 15% de su valor nominal para la temporada, con una programación mediante curvas mensuales y mecanismos que permiten adelantar, redistribuir o trasladar temporalmente caudales, pero siempre respetando el volumen anual disponible.
En términos prácticos, el desmarque obliga a repartir una cantidad limitada entre todos los usuarios de manera proporcional.
Y aquí aparece una primera dimensión de la eficiencia que muchas veces queda fuera del debate.
La eficiencia hídrica no comienza solamente dentro del predio. También comienza en la forma en que una cuenca decide cuánto puede repartir.
El desmarque no reemplaza la tecnificación del riego ni significa que el desafío esté resuelto. Pero sí representa una forma de disciplina colectiva frente a la escasez: ajustar las entregas a la disponibilidad y evitar que una temporada utilice recursos que serán necesarios más adelante.
Julio y agosto cambiaron el escenario inmediato
Esa lógica de prudencia adquiere especial importancia después de las precipitaciones de este invierno.
Entre el 15 y el 24 de julio, el almacenamiento conjunto de Puclaro y La Laguna aumentó desde 33,27 hasta 49,25 millones de metros cúbicos.
Puclaro pasó de 24.329.703 m³ a 40.291.735 m³ durante ese período. La mayor respuesta ocurrió el 20 de julio, cuando el caudal de entrada llegó a 61 m³/s y el embalse incorporó más de cinco millones de metros cúbicos durante una jornada.
Y la recuperación continuó durante agosto.
De acuerdo con el informe operacional de la JVRE correspondiente al 17 de agosto, Puclaro almacenaba 56.398.334 m³, mientras que La Laguna mantenía 9.309.986 m³. Ese día, Puclaro registró un caudal afluente de 11,35 m³/s.
En Puclaro, además, la precipitación acumulada registrada durante 2026 alcanzaba 240,5 mm al 17 de agosto.
El nuevo sistema de agosto volvió a aportar precipitaciones en diferentes puntos de la provincia.
Entre el 14 y el 18 de agosto, la estación de Vicuña alcanzó 33 mm acumulados, mientras Las Cardas registró 23,9 mm, Gabriela Mistral 22,2 mm, Coquimbo–El Panul 20,8 mm y distintas estaciones de La Serena acumularon entre aproximadamente 15 y 24,5 mm.
Solo durante el lunes 17, El Romeral registró 24,5 mm, Las Cardas 22,7 mm, Gabriela Mistral 22,2 mm y Vicuña 20,6 mm.
Los datos muestran además que la precipitación no se distribuyó uniformemente dentro del territorio, otro elemento relevante cuando se analiza el comportamiento de una cuenca.
6,99 metros de nieve caída durante la temporada
En la cordillera, el seguimiento operacional de la JVRE registra al 17 de agosto 6,99 metros de nieve caída acumulada durante la temporada en el sector de La Laguna.
Es importante precisar qué significa esta cifra.
Los 6,99 metros corresponden a la suma de las diferentes nevadas registradas durante la temporada y no al espesor de nieve actualmente existente sobre el terreno.
Tampoco corresponde convertir automáticamente esa cifra en un determinado volumen de agua.
El comportamiento futuro dependerá, entre otras variables, de las temperaturas, la conservación de la cobertura nival y el proceso de deshielo.
Lo relevante para la gestión de la cuenca es que una parte del aporte recibido durante este invierno todavía permanece en la cordillera y deberá seguir siendo monitoreada durante los próximos meses.
Tener más agua no significa abandonar la eficiencia
Las cifras de julio y agosto constituyen una buena noticia.
Pero justamente aquí aparece una de las principales enseñanzas de los últimos años.
Una mayor disponibilidad temporal no significa que la cuenca haya dejado atrás su vulnerabilidad hídrica.
Si después de varios años de restricciones una temporada favorable se tradujera inmediatamente en aumentar al máximo la utilización del recurso, parte del esfuerzo realizado durante los períodos secos perdería sentido.
Por ello, la discusión sobre eficiencia no debería disminuir cuando aumenta la disponibilidad. Debería profundizarse.
El desafío consiste en utilizar los años favorables para recuperar reservas, mejorar infraestructura, aumentar la capacidad de regulación y preparar el sistema para la próxima temporada seca.
De repartir la escasez a gestionar mejor cada metro cúbico
Si aceptamos que la eficiencia es parte de la respuesta, la pregunta siguiente es concreta:
¿dónde podemos mejorar?
La primera respuesta está en el propio reparto.
Contar con información diaria de caudales y embalses, programar las entregas, ajustar el desmarque a la disponibilidad y mantener capacidad para redistribuir caudales permite utilizar con mayor precisión el agua superficial disponible.
Pero no termina ahí.
La segunda dimensión está en la infraestructura de conducción.
En junio de este año, por ejemplo, fueron inauguradas obras de rehabilitación del Canal Bellavista que contemplaron más de tres kilómetros de revestimiento. De acuerdo con el Ministerio de Obras Públicas, la intervención permite recuperar cerca de 50 litros por segundo que anteriormente se perdían por filtraciones.
Esa es eficiencia hídrica concreta: identificar dónde existe una pérdida efectiva y realizar una inversión capaz de reducirla.
La tercera dimensión está en la medición y automatización.
Telemetría, sensores, compuertas automatizadas y control remoto permiten que el reparto sea cada vez más preciso y que las decisiones puedan adoptarse con datos y no solamente mediante estimaciones. La JVRE ha avanzado durante los últimos años en esta línea y actualmente mantiene programas destinados a continuar modernizando la infraestructura de los canales.
Y una cuarta dimensión está dentro de los propios predios.
Riego tecnificado, sondas de humedad, mejor programación, conocimiento de los requerimientos de cada cultivo y capacitación de los agricultores permiten disminuir aplicaciones innecesarias y aumentar la productividad del agua.
La eficiencia de la cuenca necesita todas estas etapas funcionando conjuntamente.
El desafío de las aguas subterráneas
Existe además una discusión que el Elqui deberá profundizar.
El desmarque regula la distribución de las aguas superficiales, pero no opera de la misma forma sobre las aguas subterráneas.
Un análisis publicado por la JVRE en 2024 estimaba alrededor de 120 millones de metros cúbicos de agua superficial distribuida por temporada y aproximadamente 100 millones de metros cúbicos asociados a derechos de agua subterránea. Es una referencia que requiere actualizarse permanentemente, pero que evidencia la importancia de no analizar ambos sistemas por separado.
Río y acuífero forman parte de una misma cuenca.
Por ello, mejorar la eficiencia a largo plazo requerirá también conocer cada vez mejor las extracciones subterráneas, fortalecer su medición y avanzar hacia una gestión coordinada de ambas fuentes.
Este probablemente sea uno de los grandes desafíos futuros.
Eficiencia no significa solamente “usar menos”
También es necesario aclarar qué entendemos por eficiencia.
Un sistema eficiente no es necesariamente aquel que simplemente entrega menos agua.
Es aquel capaz de obtener el mayor beneficio posible del recurso disponible sin comprometer la sostenibilidad futura de la cuenca.
Eso significa producir de manera eficiente, pero también almacenar cuando existe disponibilidad, reducir pérdidas evitables, mantener infraestructura adecuada, proteger las reservas, conocer los caudales, medir las extracciones y tomar decisiones basadas en información.
Por eso la discusión abierta a partir de la entrevista de Juan Pablo Orrego puede ser útil.
No debería entenderse solamente como una crítica a la agricultura.
Puede entenderse como una oportunidad para preguntarnos qué debe cambiar para que la cuenca del Elqui sea todavía más eficiente durante los próximos años.
Una conversación que debe traducirse en acciones
Escenarios Hídricos 2030 ha insistido en que la seguridad hídrica requiere una mirada integral y soluciones adaptadas a cada territorio, involucrando al sector público, privado, comunidades, academia y organizaciones locales.
En el Elqui existe una experiencia importante desde la cual avanzar.
Tenemos embalses que permiten regular el recurso.
Tenemos organizaciones de usuarios que realizan el reparto.
Tenemos el desmarque como herramienta para adecuar las entregas a la disponibilidad.
Tenemos infraestructura, programas de modernización y sistemas de medición que pueden seguir mejorando.
Y tenemos agricultores que durante los últimos años han debido producir utilizando solamente una fracción de sus derechos nominales.
Pero también existen brechas.
Hay canales que requieren modernización.
Existe espacio para profundizar la tecnificación predial.
Necesitamos continuar aumentando la información disponible sobre aguas superficiales y subterráneas.
Y debemos ser capaces de determinar con mayor precisión dónde están las pérdidas reales y dónde una inversión genera el mayor beneficio para toda la cuenca.
El buen invierno debe servir para preparar el próximo período seco
Los sistemas frontales de julio y agosto han entregado un alivio importante.
La situación actual es considerablemente distinta de la que enfrentaba la cuenca antes de estos eventos.
Pero la experiencia reciente demuestra que sería un error interpretar esta recuperación como el final del desafío hídrico.
El invierno de 2026 puede ofrecer algo más valioso que un aumento momentáneo de las reservas.
Puede entregar tiempo para prepararnos.
Prepararnos significa seguir cuidando el reparto, recuperar reservas, mejorar canales, tecnificar el riego, medir mejor, integrar las distintas fuentes de agua y mantener una mirada de largo plazo incluso cuando la disponibilidad mejora.
Durante los años más difíciles, el desmarque permitió repartir la escasez.
El desafío que viene es más amplio:
aprender a gestionar cada vez mejor toda el agua disponible, para que una temporada favorable se transforme en mayor seguridad para las temporadas futuras.
La eficiencia hídrica no debería ser entendida como una crítica que la cuenca debe rechazar.
Debe ser asumida como una tarea que todavía podemos profundizar.
Y después de años de sequía, posiblemente no exista un mejor momento para hacerlo que cuando el agua vuelve a llegar.
Fuentes: entrevista a Juan Pablo Orrego publicada por El Desconcierto; Escenarios Hídricos 2030 de Fundación Chile; red CEAZAMet; informes operacionales de la Junta de Vigilancia del Río Elqui y sus Afluentes; antecedentes y publicaciones técnicas de la JVRE.
